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VISITA A LA AGENCIA ANDINA

  • 10 jul 2025
  • 3 min de lectura

Volada: Un accidente con la avena, una carrera contra el reloj y una visita que dejó huella: así inició mi día tan ansiado.

Titular: Entre máquinas, historia y nervios: mi día en El Peruano

Bajada: Desde una mañana accidentada hasta un encuentro inspirador con periodistas consolidados, la visita al Diario Oficial El Peruano se convirtió en mucho más que una simple charla de inducción.

Ocho de la mañana del día lunes. Salgo apresurada de casa, con los minutos jugando en mi contra. ¿La razón? Una mancha de avena que justo media hora antes arruinó el vestido que había preparado con tanto cuidado la noche anterior. Planchar otra vestimenta, combinarla, arreglarse de nuevo: todo eso tomó tiempo que no tenía.

Mientras camino apurada hacia la avenida, voy repasando mentalmente todo lo que necesito llevar. Mi DNI, mi cuaderno de apuntes y mi teléfono con la batería cargada al 100%. Nada puede faltar. Hoy no. A las ocho y media por fin estoy en el transporte público rumbo a mi destino. Pero aún sigo en el mismo distrito, pasando la Municipalidad  de San Martín de Porres, el segundo distrito más poblado de Lima. La ansiedad se mezcla con la impaciencia: solo faltan treinta minutos para la hora en que el profesor nos citó. El tráfico limeño, como siempre, parece querer jugar con los nervios de cualquier persona que tenga algo importante por hacer.

Con suerte y algo de ayuda divina, quiero creer, el tráfico cede. El chofer toma atajos, sorteamos apenas dos semáforos en rojo, y a las nueve y dos ya estoy bajando.

Corro con todas mis fuerzas. A las nueve y diez, con el corazón acelerado, por fin estoy haciendo la cola para ingresar al Diario Oficial El Peruano. Respiro profundamente. Me acomodo el cabello, aliso como puedo mi vestimenta de emergencia, y trato de recuperar el aliento.

El edificio, con su arquitectura sobria y elegante, me impone cierto respeto. Pienso en todo lo que se ha escrito entre esas paredes, en los periodistas que han pasado por allí. Cuando ya estaba dentro de la sala principal, donde recibiríamos la charla de inducción, me siento más tranquila. Observo a mis compañeros: algunos se miran las manos, otros revisan sus celulares y otros conversan amenamente con sus amigos. Hay nervios compartidos, perro también cierta emoción que flota en el aire. 

Poco tiempo después, una señora pequeña, de lentes grandes y casaca púrpura, se acerca. Intuyo que será nuestra guía, y no me equivoco. Nos conduce a través del Museo de Andina, explicándonos cada espacio, cada maquinaria, cada historia. Nos habla de los orígenes del diario: fundado por Simón Bolívar en 1825, bajo el nombre de “El Peruano Independiente”, que luego se transformaría simplemente en “El Peruano”. Escuchar esos datos mientras caminamos por pasillos llenos de documentos históricos y fotografías antiguas es como hacer un viaje en el tiempo. 

Pasamos por una sala donde se exhiben antiguas maquinarias. Me detengo un segundo a observarlas. Imagino a los tipógrafos trabajando durante horas, ensamblando letras con precisión artesanal. La señora de lentes grandes continúa hablando, y yo sigo observando a detalle cada instrumento que se encontraba dentro de la sala, como si no quisiera que se me escape ni un solo detalle.

y ya para finalizar con el recorrido, nos llevaron a un salón con un gran proyector, donde nos esperaban voces autorizadas del periodismo nacional, entre ellas: Gladys Juan de Dios, encargada del Área Digital; Daniel Bracamonte, fotógrafo de la agencia; y Félix Paz, director de la agencia Andina y El Peruano. Cada uno de los exponentes toma la palabra y comparte su experiencia. Hay un aire de honestidad en sus palabras que me reconforta. 

Hubo  muchas anécdotas que cada uno de los colegas narraba con un destello de emoción, pero de la que más me recuerdo con nitidez es la que contaron sobre un error que se cometió en la agencia años atrás: un dato erróneo sobre un accidente, este dato fue replicado por otros medios sin verificación. La agencia tuvo que disculparse públicamente. Lejos de ocultarlo, lo mencionan con honestidad como parte del aprendizaje profesional. Este hecho me dejó pensando por un lapso de tiempo: nunca dejamos de aprender. Incluso quienes llevan décadas en el oficio siguen cometiendo errores, también aprendiendo de ellos. 

La jornada acabó y no fue solo una visita institucional. Fue una inmersión en la historia del periodismo peruano. Fue caminar entre archivos y máquinas, entre pasado y presente. Fue imaginar con ilusión, ansias y determinación que algún día no muy lejano, seré colega de esos periodistas. Y entonces, yo también podré contar mis historias. A lujo y detalle. 

Quizá no lo sepa aún, pero esta visita marcó un antes y después en mí. Me recordó por qué elegí este camino. Porque el periodismo no solo informa: también conecta, transforma y deja huella. Y yo quiero formar parte de eso.  


 
 
 

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